La palabra camuflaje es un galicismo que procede de la palabra francesa ‘camoufler’, que significa disfrazar. Algunos ejemplos de camuflaje son las rayas de los tigres o los uniformes de los soldados modernos, ya que en ambos casos se trata de que el animal o el hombre se vuelvan “invisibles” en el entorno que los rodea. Es decir, que el objetivo último del camuflaje es “engañar” al sistema visual  de un depredador o un enemigo.

Tradicionalmente, los soldados se camuflaban empleando materiales que encontraban a su alrededor (hojas, ramas, barro…) o bien gracias a los uniformes en los que se mezclan tonos verdes, tostados y grises para “esconderse”  tanto en ambientes urbanos como en zonas áridas. Con estos colores los soldados se “mimetizan” con el paisaje y, por eso, no se utilizan tonos como el negro, un color que es poco habitual en la naturaleza  y que con las gafas  de visión nocturna se ve excesivamente oscuro y genera un contraste contraproducente.

En los últimos años, el ejército ha desarrollado innovadoras técnicas de camuflaje. El “camuflaje digital” utiliza los “píxels” en los uniformes (pequeñas manchas cuadradas o redondas, como las que podemos ver en las pantallas de los ordenadores cuando acercamos las imágenes con el zoom) en lugar de las tradicionales “manchas”. Estos uniformes están diseñados para que la silueta del soldado se difumine en prácticamente cualquier entorno y para adaptarse a la luz ambiente.

Evidentemente, el camuflaje no hace que el soldado resulte “invisible”, sino que engaña al cerebro del enemigo. El ojo es capaz de ver al soldado camuflado, pero cuando el cerebro procesa estas imágenes la silueta del soldado se “difumina” entre los colores y la formas de su entorno tal y como hacen los camaleones o algunas especies marinas.

Camuflaje militar: engañando al ojo
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